Moda desde outside: A medio paso

image-1

Compramé un café

Apóyame para seguir escribiendo artículos de moda, estilo y cultura.

3,00 US$

Adéntrate en la Belle Époque y descubre cómo vivían las mujeres de la época a través de un texto fantástico sobre moda y Paul Poiret.


Las pieles eran color champaña en una madrugada de sombras profundas y voluminosas. Una melodía placentera se movía al ritmo de nuestros pies lentos. Las coloridas sombras zumbaban alrededor del jardín. Las voces susurraban palabras banales entre el clic clac de las copas de alcohol. Mi cuerpo, como un farol, se derretía como vela caliente en el mesón. Telas rodeaban un pequeño escenario y entre las sillas bailaban tejidos vaporosos orientales que gritaban modernismo y expresión. Sin poder contar cuantas veces ya, me encontraba nuevamente entre las plantas y sillones de un hogar ajeno. 

El color verde oscuro llenaba los espacios entre la música y las burbujas blancas del licor. Se escapaba en medio de las telas, mientras sus dueñas incómodas intentaban bailar las tantas piezas de la noche. No tenían mucho ritmo, puesto que su cuerpo estaba atrapado por moños de seda, que no les permitía sentir con tranquilidad la armonía de la música. 

Era otra noche tenue, sin empezar, donde yo era una musa otra vez, una inspiración para el compás del lápiz y de las nubes de ideas de aquel creador. Una aguja se entromete en mi piel varias veces, traspasando un hilo color champaña desde mis muslos a mis tobillos morados. El hilo se infiltra en mi piel, cada velada color champaña en aquel jardín ajeno, lleno de otras como yo. El dolor era profundo, pero no inusual. La aguja no causaba dolor, el caminar sí, aunque el caminar en realidad no sucedía, es más un movimiento de caderas como el que hacen los patos al andar. Era más como un medio paso y otro medio paso. 

El dolor no era propio, todas nos movíamos tiesas y unánimes al son de una canción de cuna. El viento se paraliza al ritmo de mis pies y mi única pierna. En horas como esta, las musas teníamos una sola pierna. Ocupaba el espacio perfecto entre la tela rígida de la falda larga y recta. La unión entre las dos piernas era perfectamente invisible. Los rastros de tener dos piernas desaparecían por completo en aquellas noches frías. Esto sucedía regularmente, para ser exactos, dos madrugadas cada semana. 

Teníamos razones de sobra para celebrar, nos inundaban grandes momentos de euforia y disfrute en toda Francia. Si les puedo ser honesta, ser musa no tenía nada de disfrute, aunque todos piensen que sí. Puesto que tener que cumplir con las expectativas del hombre al que inspiraba es como una fatiga de días sin comer y era más por complaciente que por complacer-me. 

La velada transcurría lento, segundo por segundo, respiro por respiro, en el reloj gigante del jardín. Las sonrisas eran fingidas y rutinarias hacia los hombres que pedían bailar con nosotras. Entre nosotras sonreímos, pero con nuestra mirada sabíamos que era una máscara, una forma de ser políticamente correctas y el brillo de nuestros ojos lo demostraba. 

De costumbre y por obligación bailábamos a medio paso, ellos también, acostumbrados a este tipo de veladas. Paso a paso, el viento se colaba en medio del estómago y se chocaba en la pierna. Exhausta pedía permiso para retirarme del paso a paso, para quedarme quieta por unos minutos. No había sillas para descansar, no servirían de mucho igual, no podíamos sentarnos sin caernos. No podíamos doblar el torso, puesto que el traje elongaba nuestra silueta. 

Éramos musas, aquellas con una sola pierna, supliendo el deseo de un hombre, que en algunas noches se volvía realidad. En estas fiestas a veces nos permite soñar con libertad, pero solo a medio paso. ¿Qué había de nuevo en esa sensación de casi libertad?, nada. Hasta que un nuevo invento sea creado con excusa de la libertad. Irónicamente, una libertad creada por un hombre que de nosotras poco y nada sabe. 

De pie por algunos eternos segundos charlaba con los hombres que pasaban a saludar, esperando que se acabara la noche. Haciendo el amague de agacharme casi que involuntariamente como espasmo muscular. Desesperanzada, siento como se me ilumina la piel con una luz amarilla, que lentamente opaca la de color de la luz color champaña. Suspiro y me permito  por primera vez en la velada caminar otra vez.

Un comentario en “Moda desde outside: A medio paso”

Deja un comentario